Aquella mañana de marzo,
comenzaste a volar en tu cielo azul como una mariposa bella y hermosa, sin cargas, sin miedos.
tenías los ojos casi cerrados y los dientes blancos como la nieve.
Una dulce sonrisa se dejaba asomar tímidamente en tu carita.

La música lenta y tranquila que siempre escuchaste cuando estabas dormida, una vez más,
te acompañaba en tu último sueño.

Tu corazón todavía latía, se resistía con fuerza y bailaba todavía al compás de la vida.
Tu cuerpo caliente me regalaba esa calidez en mi mano.
Inmóvil pero a la vez, saltabas de alegría comenzando a desplegar tus nuevas alas.

Mi mano en tu pecho escuchaba sin prisas el ritmo de tus latidos y poco a poco, mientras te decía cosas al oído,
la música de tu cuerpo se apagaba mientras la melodía de tu alma comenzaba a brillar y danzabas alegre revoloteando sin parar.
Jugabas traviesa con mis lágrimas y las convertías en gotas de rocío de tu nuevo amanecer.

Jamás, jamás, sentí tanto, tanto amor dentro, pensé que mi pecho iba a estallar y cerraba los ojos a la espera de tu último tic-tac.
Tu corazón se quedó en silencio por un momento y la melodía llegó a su fin.
Tú volaste alto, muy alto, allá dónde ya casi mis ojos no te veían,
y dejaste una estela de estrellas que bañaron mi alma de paz y tranquilidad.

Y entonces, te vi …,
revoloteando feliz entre pétalos de amor,

y entonces, te vi …,
revoloteando,

danzando y riendo.

Las últimas palabras que le dije fueron “nos volveremos a ver pronto princesita, no lo dudes”